ESTAMPA FAMILIAR II
Le voy a comprar una casa a mi madre. Una casa bonita, con su tejado rojo, su chimenea, su pared blanca, su puerta marrón. Una casita de ensueño, un sueño de casa.
Le voy a comprar una casa nueva a mi madre. Bien grande, bien hermosa, como a ella le gusta. Para que le cunda el día tendrá que pasarse ocho horas al día limpiando su casa. Se acostará cada noche pensando en todos los rincones que le quedan por limpiar, en todos los sueños que le quedan por cumplir, en todas las vidas que pudieron ser...
y no fueron.
En su novio del pueblo, el rubio aquel de buena planta.
Llorará de dos a tres de la madrugada. Dormirá profundamente y al día siguiente despertará con un ligero dolor de cervicales.
Voy a regalarle a mi madre una casa grande. Tapiaré puertas y ventanas con hormigón y cemento. Voy a darle a mi madre una casa de ensueño, para que no tenga que volver a soñar con niños rubios y casas en la playa. Para que se le quite el dolor de cervicales.
ESTAMPA FAMILIAR
Le voy a comprar una silla a mi padre. Se va a sentar en su silla nueva todas las tardes del resto de su vida. Va a sacar el periódico, mi padre, su pinchito de jamón, su cerveza sin alcohol. Se va a comer su merienda y va a beberse su cerveza en la silla nueva que le voy a comprar,
a mi padre.
En un momento dado, justo media hora antes de que se ponga el sol, mi padre se acordará de sus tiempos felices, tiempos de juventud. Mirará hacia atrás con añoranza y sentirá rabia e impotencia por tener que estar comiéndose su merienda solo, en su casa grande y silenciosa, sentado en la silla que le regaló su hija, esa desconocida con la cara de su hermana y llena de canas, y deseará de repente sacar la escopeta de caza que le regaló su hijo, esa bendita réplica de sí mismo con treinta años.
Sacará su escopeta mi padre, con las migas de pan todavía en el jersey, y apuntará hacia el cielo, apuntará a las palomas, a las gaviotas, a las golondrinas, a los abedules, a los robles, a las flores, a los ríos, a los matojos y a los niños. A las madres y a los gilipollas.
Le voy a comprar una silla a mi padre. O mejor aún, una silla y cincuenta cajas de balas de plomo.
UNA CHICA SENCILLA
Necesito vacaciones en el mar. Necesito un cheque al portador de dos millones de euros. Necesito una vida normal, una vida sencilla.
RETRATOS III
A veces duerme en los parques públicos cuando mayo se acerca, para ver a las flores nacer. Él lo sabe, ellas también, es su secreto, eso le hace feliz. Todo es liviano cuando hace calor y huele a nacimiento. Ricardo entonces se convierte en infante, retoza entre los almendros, corre descalzo por el césped recien cortado. Ricardo recuerda. Llora Ricardo. Que no vuelvan. Que desaparezcan.
La noche es para llenarse de luna, para subir a una colina y compartir silencios con las retamas y con las malvas. Él lo sabe. Ellas siempre lo han sabido. No hay secretos. Todo adquiere sentido de repente. Acuna la luna los finos cabellos de Ricardo-niño, dormido desnudo en el césped del Ayuntamiento. Están ahí. Han vuelto. Esta vez es para siempre, Ricardo.
Convulso enfermo en silla de ruedas con una hermosa camisa de fuerza. Las pústulas por fin cicatrizan. Ricardo babea en una esquina y no se ha enterado que el verano está a punto de comenzar. Florecen las amapolas. Ricardo no llora. Olvida Ricardo.
Han vuelto para quedarse. Y a nadie le interesan tus secretos.
RETRATOS II
Ana, manzana. Ana, soy Ana, los chicos de la calle vienen a jugar con Ana.
Ana, bluyins prietitos, camisa verde pistacho con hombreras kilométricas. Ana con bambas blancas y permanente con mechas. Ana con pecas del color de sus ojos. Príncipes de todos los colores se plantan en su puerta esperando una cita con Anita, la manzana previo pago del Edén maldito. Adanes del nuevo milenio con complejo de soldados caídos la toman con los hombros reutilizables de Anita la fantástica. Se clavan un par de cruces en su monte del olvido a fin de mes, cuando el presupuesto languidece y las ganas de besar emigran a países lejanos.
Ana, dulce paquete de klinex compartido. Ana, palangana de toallas inmundas que nunca llegan a pudrirse del todo. En el fondo de su alma pecaminosa, Ana guarda una bruja piruja con rabia desinfectante que le aleja de los malos muy malos.
Mira el blanco de las paredes de su casa y encuentra manchas con forma de bichos demoniacos, monstruos perseguidores, fantasmas violadores, ladrones de historias,depredadores con cara de gato, gatos con cara de sueño, sueños con cara de tonto. Ana se come una pera a mordiscos a la hora de la merienda, con un paño sobre las piernas para no mancharse. Mira los anuncios y no piensa. Suena el teléfono. No responde. A veces nada importa. A veces el mundo se detiene cuando una pera de agua se cruza en el momento apropiado. Ana coge pico y pala. Se pone un buzo blanco y pañuelo en su cabello permanentado y con mechas, gafas de plástico y guantes. Ana desgarra una pared blanca llena de espectros a mazazo limpio.
El sudor cae sobre su sien, observando la sangre manar de sus cadáveres exquisitos convertidos en polvo de arcilla. Ana aprieta los dientes, apunta y machaca a un malo con gafas de aviador. Golpe seco y cae en mil pedazos sobre el parqué. Suena el teléfono de nuevo. Un avión travieso lanza un misil sobre él, que lo reduce en el acto a un montón de metal y plástico, una población de piecitas bajo la mesa camilla en busca de refugio. Ana ríe a carcajadas, descubre una viga maestra con cara de hada madrina y le perdona la vida por hoy. Se desnuda, se ducha y se pone su vestido de lentejuelas rojas y verdes. Tacones kilométricos, abrigo negro. Ana guardiana sale a la calle a buscar a alguien a quien rescatar. Con cara de pera de agua dirige su mirada y dispara al objetivo preciso. Sus balas acribillan al moreno trajeado del Ford Escort.
- Te prometo el infinito y parte del extranjero si vienes conmigo, encanto.
La víctima cae de inmediato en sus brazos al borde del desmayo.
- Todavía no mueras, forastero. Son diez mil. Por adelantado.
II
Luis habla con sus muertos. Prepara el almuerzo con rictus amargo, pensando en los sandwichs de chopped de su difunta madre. El demonio le muerde las orejas a la hora de la siesta, justo antes del programa de cotilleos. Le confunden las tetas de las chicuelas del yogur desnatado; tanta carne al fresco para anunciar toda la gama de artículos para elevarse por los aires cual gracil cervatillo; tanta lujuria para disolver la grasa acumulada de detrás del sofa.
Luis no comprende. Se la casca sólo con los anuncios de productos bajos en calorías. Cuando baja el calor, se le levanta el ánimo. Paradojas de la vida, Luis.
RETRATOS
Marianela baila al son de la luz que más calienta. El Sol no llega a su ventana, no me preguntes por qué. Soñar con unas vacaciones en el mar. Seduce al panadero, le gusta la foto que tiene del gato en la repisa del coñac, al lado de la cafetera.
Marianela tropieza cada vez que se clava una mirada en su pálida nuca, mirada propia o ajena, eso da lo mismo. Un planeta a su medida estaría hecho de sol fresco, pasta al pesto y un mar tranquilo, sonrisas, abrazos y líneas horizontales. Sería mejor que tener que sonreir al señor policía, al dueño del piso o a cualquier otro (u otra) falócrata para proteger una dignidad adoptada a la que educa como al bebe que aparece a la puerta de un convento: una pesada carga que a veces puede resultar hasta simpática. Marianela no quiere levantarse de la cama. Asaltaría las tiendas de chucherías, robaría un par de violines y se marcharía al desierto a tocarse los pies trescientos sesenta y cinco días al año. Pero hace hambre, tiene frío. Muere por un cacho de manta después de la cena.
Marianela guarda un pasamontañas negro en la cómoda de las fajas y los pantys. Lo tiene decidido. Se lleva al gato del panadero por las buenas o por las malas. Eso sí, se cuidará bien de no olvidar la foto de su dueño al que colocará en la repisa de la sala, junto al anís del mono, que las buenas costumbres no han de perderse, digo yo.
II
Estrella, marea baja tenemos hoy. Mira al cielo, descubre tocayas de colores que le quiñan los ojos desde ahí arriba. Mierda! es un avión. En fin, no son tiempos para el romanticismo, Estrellita. Mar, orilla. Estrella estrena chal de lana y se lo enseña al firmamento, que también parece resplandecer con un brillo diferente, como si también estuviese de estreno. Estrella conoce, y el paso del tiempo le da la razón. Los barquitos nunca naufragaron, están podridos, esperando una mano de pintura o la muerte definitiva. El caso es que a los guiris les gustan los mohos de los barcos de su playa, combinan de lujo con el ocre del cielo y el azul de sus caras congeladas.
Estrella, noche de luna, lana de mar. Estrella con arrugas se amarga viendo los neones recién estrenados de su pueblo y de su cuerpo. "Esta no soy yo", piensa, desconsolada, "esta ya no es mi tierra". Un restaurante de comida típica pringa de aceite la brisa marina, chapapote con alas que atiza con saña al paseante, navegante o tunante que se preste a transitar por un paseo marítimo que ya no es lo que fue.
Estrella ve su vida pasar y desde la ventana de su casa lo único que puede ver es una urbanización nueva en primera línea de playa. Estrella de segunda línea se queda sin horizonte en su cocina, pero sale a buscarlo siempre que tiene ocasión. Luz de faro ilumina superficies acuáticas allá, en los límites de lo visible y lo soñado. Estrella ya no recuerda si se fue o se lo llevaron con las piernas por delante, de hecho ni siquiera sabe si llegó a verlo muerto alguna vez.
Estrella no espera que nadie vuelva a darle una semilla desde el fondo del mar; escucha una melodía dormida que resuena en cada ola que rompe en la orilla de su playa. Ecos de un bolero meloso, gemido gozoso, un chiste tonto y algún que otro abrazo furtivo. Un silencio atronador que habla de eternidades no abarcables. Estrella no le habla al mal de derrota, porque sabe de sobra que las olas no cantan esa canción. Estrella sonríe a los moluscos y a la sal de las rocas, y entonando una melodía recien estrenada emprende el camino de vuelta a su hogar; tierra y alma mezcladas en una trinchera de segunda línea de playa.
TARDES DE JULIO
Algo vibrante centellea en mitad del gentío. Una turbulencia rompe el tedio de la tarde. Alguien, algo irrumpe de entre la marea como un rayo estrepitoso. Un destello fluorescente me saca de mi ensimismamiento protector y me lleva a un paisaje desconocido.
Lo primero que invade mi visión es el mensaje de su camiseta, en Times New Roman, un tipo poco habitual para una cami. Color rosa flúor sobre tejido gris marengo que chirría oxidado ante mis pupilas ojipláticas. MUSIC SAVED MY LIFE. Las letras bailan, saltan al ritmo sistólico de un corazón que más que palpitar, vibra sobre el suelo como un martillo eléctrico. La camiseta se ciñe sobre un torso 5 tallas más grande que las piernas. El típico cuerpo de pollo que brinca jubiloso a un ritmo dos veces superior que el resto de los mortales allí presentes. Le miro a los ojos y me pregunto a qué tonadilla se encomienda semejante arritmia andante.
Corte de pelo a lo Rodolfo Langostino muy popular en la Ibiza de hace un lustro, rostro ultravioleta de gesto impasible mira ceñido al infinito buscando con pasión el ritmo perdido.
Con violencia nerviosa nuestro Rodolfo cruza la calle en diagonal hacia su camino fosforito. Le pregunto con los ojos si la música le salvó. Me respondo sorprendida "A mí me salvas tú"
MICRORELATO
"¡Abrázame!"-le grito-"¡Abrázame fuerte!"
PEDITO PINTOR
Un monumento que conmemora la farra magistral que tuvo lugar la noche de anoche. Me invitaron a un cumpleaños, la celebración de la vida en todo su esplendor, una entrada en la treintena por la puerta grande, como debe ser. Con sus diyeis, su local andergraun, sus drogas, su rokanroll, sus disfraces, sus sorpresas, luces apagadas y calor humano.
Y alcohol.
Mucho alcohol.
Yo por mi parte, recuerdo los dos primeros cubatas. El primero cortito de ron, que el cacique no es santo de mi devoción. El segundo más cargadito. Y a partir de ahí todo empieza a confundirse en mi mente. Tengo pequeñas lagunas, charcos, vacíos de memoria en mi cabeza. Otra versión de Eli fue anoche la que volvió a casa, le robó comida a su compañera de piso, rebañó el plato con pan y aceite de oliva, se lavó los dientes, se puso el pijama, se acostó, vomitó, limpió el váter, volvió a la cama y soñó que compraba sprite en una tienda de chuches. Y todo ello con su amiga Erika, con la que seguro tendría una conversación fluida e interesante. (Digo yo) Recuerdo que hablamos en susurros para no molestar a los compis de piso, pero nada más.
También he soñado que miraba un reloj y eran las 14.31. He abierto los ojos al rato y eran las 14.18, no está del todo mal mi reloj del inconsciente. Me he levantado mareada con ganas de sprite, fanta o cocacola, en ese orden de preferencia. No había ningún refresco azucarado en la nevera, solo una puta lata de te envasado de rooibos a la puta pera. Pero qué mierda de refresco es esa, por dios? A falta de cocacola me he trincado medio rooibos de trago. Esperaba a una legión de burbujas chispeantes e hidratantes que se llevaran al fondo de mi estómago la alpargata hijadeperra que tenía secuestradas a mis glándulas salivales. Pero nada de eso ha ocurrido. Solo una baba fría con un toque sabor a pera. Puaaaajjjj.
Me he duchado. Me he puesto mis mejores galas y he bajado al pakistaní que está a diez segundos caminando desde el portal de mi casa y he comprado dos litros de cocacola y un kinderbueno. Está de cajero un antiguo segurata que había en el champion del casco viejo. Al principio me ha dado pena verle currando ahí, no se porqué me parecía una bajada en el escalafón ir de segurata de super a cajero de super pakistaní de barrio andergraun. Y luego le he visto manejándose en la caja, dios mío, qué paquete, ni abrir una puta bolsa de plástico, por favor! Ahí se me ha quitado toda la pena de golpe. La pena y las ganas de bajar al paki en un rato largo.
Después de mi aventurón allá, al otro lado de la puerta. He decidido darme un homenaje, subir en mi escalafón particular de lujo y dispendio sin control y he llamado al chino para que me trajeran de comer. Me sentía Paris Hilton subiendo las escaleras de caracol cuando subía a la planta de arriba con el menú en la mano, dispuesta a hacer el pedido mágico.
Con mi modelito insinuante he abierto la puerta a un chino muy chino que me ha dado el tíket con el precio total, unos 11,92€. Le doy 20€ y mientras busco algo suelto va el tio y me da un billete de 5. Y yo le miro y pienso, pero tú, puto chino, que te asignas tú solico las propinas, te van a dar pal pelo, chaval. Y le he dicho, oyes, majo, los 2 con 10 que faltan qué, y me ha dado la moneda de dos y le he perdonado los diez céntimos. Y el muy chino se queda mirando a un punto infinito con cara mala hostia mientras le cierro la puerta en las narices y grito “¡Chino catalán! Puto sicópata!” (porque la cara mirando al punto infinito ese daba miedo, sabes?) y me ha dado por pensar también que igual mi vestido era demasiado insinuante, pero esa es una extraña asociación de ideas, típica de la resaca, así que sin más dilación, me he puesto el pijama (para no pringar mi vestidito de salsa agridulce, que ya había mancillado minutos antes con el zumo de naranja) Y a partir de ahí, lujo y desenfreno. Rollito de primavera, fideos chinos, pollo al limón, cocacola sin límites y una buena película en la tele.
Y el kinderbueno de postre, claro.
CON LA MUSA A CUESTAS
La imagen es propicia para la creación, Muddy Waters bateando el silencio de una calurosa tarde de verano. Una lámpara de mesa dirige sus rayos a una pared blanco roto y sumerge la estancia en una agradable atmósfera de concentración. La mesa blanca, el portátil ruidoso del 2004, papeles, botellas de agua, más papeles, un bote de betadine, una taza vacía, cupones de descuento del carrefur, una medalla minúscula de una minivirgen (la virgen de las pulgas, como yo la llamo), celo, móvil, papeles, un creditrans con treinta céntimos, un mp4, dos mecheros robados, homeopatía y bafles. Me falta el cigarro y el güiski para hacer de esta foto todo un clásico del bohemio escritor reconcentrado en su trabajo, pero en primer lugar: soy mujer, en segundo lugar: no fumo, y en tercer lugar: si me emborracho dejo de escribir y me pongo a ver realitis en internet y me dan las cuatro de la madrugada.
Y no es plan.
Así que con una cerveza sin y dos botellas de agua tendré que buscarme la inspiración con una estampa menos estándar.
No por ello menos eficaz, que conste.
El caso es que era más fácil pensar en escribir que hacerlo. Pensar es siempre tan sencillo… si me pagaran por pensar, sería como la Hilton pero en lista, iría a conciertos y bibliotecas de todo el mundo, y visitaría las ciudades más cosmopolitas. Sería tal vez un poco más sosa, pero follaría lo mismo, pero sin dejar de pensar, eso sí.
Espera, que se me cierran los puertos y no me puedo bajar nada con el soulseek.
Ay, qué desastre, creo que acabo de meter un virus intentando bajarme un antivirus. Tremenda paradoja.
La estampa de la mesa de trabajo se va completando con un tarro de helado de tiramisú y los restos de un bollo de mantequilla que sobró ayer en el bar. Si puedo escribir ahora estas líneas es por supuesto porque el bollo ya forma parte de mi sin par anatomía. Ahora la foto de mi mesa de trabajo me recuerda más a una treinteañera desesperada buscando consuelo en melodramas de fácil consumo, llamémosla Bridget, por ejemplo. Pero yo soy delgada y monísima y tengo preocupaciones mucho más profundas que la rubia esa almibarada.
Qué ruta virtual tan fructífera, de las consultas sobre seguridad en la red (nunca está de más renovar el firewall, lo mismo que estrenar zapatos cada temporada) he pasado a instalar el MahJong versión jungla paradisíaca haciendo entre ellos un inciso por los principios psiconanalíticos aplicados a la pedagogía infantil.
El MahGong este me ha dejado la vista tonta, eso sí, he pasado doce pantallas, y porque lo he dejado porque es la hora de cenar, que si no me hago el juego completo.
Retrato de una típica jornada creativa de una mente muy dispersa.
EL ARTE DE ESTAR (en la ciudad)
Para saber estar hay que ser abuelo. Yo no soy abuelo, por lo tanto, no se estar.
El ritual parece de lo más simple, eliges un día soleado, buscas un lugar agradable y una vez situados en él, miras a tu alrededor hasta encontrar el banco de madera (mira bien, seguro que lo tienes cerca) y te sientas.
La mecánica de la acción es así de sencilla. Ahora queda lo más difícil:
EL ESTAR (y no morir de pánico)
Estoy sentada en un banco de madera. Llevo una bolsa de plástico con una revista de moda petarda, el periódico y el suplemento dominical. A mi derecha una anciana cubierta con una espesa capa de crema se apoya en el banco con la cabeza inclinada, las piernas abiertas con el chándal remangado, en posición de entrega absoluta a un insólito sol de noviembre. Leo y leo hasta que las letras me dan vueltas. La revista petarda es larga de cojones, pero tiene unas fotos monísimas. Guardo las revistas en la bolsa de plástico. Me doy cuenta que la fan del sol de noviembre ha abandonado su puesto y que en su lugar otra usuaria más comedida está sentadita con las piernas juntas y las manicas una encima de la otra en ese lugar donde empieza la tripilla, debajo de los pechos, calentándose el chakra un rato.
Me quiero ir. Escucho. El tráfico en esta ciudad no se acaba nunca. Al otro lado de la ría alguien toca la trompeta. Una canción popular. La ría sigue su curso. Concentro mi visión en una plantita que ha crecido en la unión entre dos baldosines de Bilbao. El sol ilumina la ría y recorta al vegetal a contraluz en una silueta negra temblorosa rodeada de destellos blancos. Ooooooooooh!
Tiempo de contemplación del fenómeno: 40 segundos.
Levanto la vista. Ale, ya está.
Mis músculos están contraídos. Recojo el bolso, la bolsa y la chaqueta recalentada. Le digo Agur a mi compañera de banco. No responde. Imbécil maleducada, qué te costaba decir adiós.
Camino a casa pienso que hoy he batido un nuevo record de permanencia. Me siento diferente, con otro peso, ingrávida, no sé, como más sabia o algo.
¿Será EL ESTAR o que son las dos y todavía no he comido?
SANTO LUNES
maldita sea tu sombra,
lejos de mí tu presencia.
Al final se hará tu santa voluntad
en el sueño como en la guerra.
El pan nuestro de cada semana,
no nos lo subas más,
y no tienes perdón, hijoputa,
ni tú ni las tardes de domingo.
Déjanos dar un par de vueltitas en la cama
y líbranos de tí, anda, guapo.
Amén

