Un islote marrón en un mar de algodón blanco. Un pegote de mierda de unos cuatro centímetros cuadrados, con tres milímetros de espesor. Un grumo pegajoso y maloliente.
Un monumento que conmemora la farra magistral que tuvo lugar la noche de anoche. Me invitaron a un cumpleaños, la celebración de la vida en todo su esplendor, una entrada en la treintena por la puerta grande, como debe ser. Con sus diyeis, su local andergraun, sus drogas, su rokanroll, sus disfraces, sus sorpresas, luces apagadas y calor humano.
Y alcohol.
Mucho alcohol.
Yo por mi parte, recuerdo los dos primeros cubatas. El primero cortito de ron, que el cacique no es santo de mi devoción. El segundo más cargadito. Y a partir de ahí todo empieza a confundirse en mi mente. Tengo pequeñas lagunas, charcos, vacíos de memoria en mi cabeza. Otra versión de Eli fue anoche la que volvió a casa, le robó comida a su compañera de piso, rebañó el plato con pan y aceite de oliva, se lavó los dientes, se puso el pijama, se acostó, vomitó, limpió el váter, volvió a la cama y soñó que compraba sprite en una tienda de chuches. Y todo ello con su amiga Erika, con la que seguro tendría una conversación fluida e interesante. (Digo yo) Recuerdo que hablamos en susurros para no molestar a los compis de piso, pero nada más.
También he soñado que miraba un reloj y eran las 14.31. He abierto los ojos al rato y eran las 14.18, no está del todo mal mi reloj del inconsciente. Me he levantado mareada con ganas de sprite, fanta o cocacola, en ese orden de preferencia. No había ningún refresco azucarado en la nevera, solo una puta lata de te envasado de rooibos a la puta pera. Pero qué mierda de refresco es esa, por dios? A falta de cocacola me he trincado medio rooibos de trago. Esperaba a una legión de burbujas chispeantes e hidratantes que se llevaran al fondo de mi estómago la alpargata hijadeperra que tenía secuestradas a mis glándulas salivales. Pero nada de eso ha ocurrido. Solo una baba fría con un toque sabor a pera. Puaaaajjjj.
Me he duchado. Me he puesto mis mejores galas y he bajado al pakistaní que está a diez segundos caminando desde el portal de mi casa y he comprado dos litros de cocacola y un kinderbueno. Está de cajero un antiguo segurata que había en el champion del casco viejo. Al principio me ha dado pena verle currando ahí, no se porqué me parecía una bajada en el escalafón ir de segurata de super a cajero de super pakistaní de barrio andergraun. Y luego le he visto manejándose en la caja, dios mío, qué paquete, ni abrir una puta bolsa de plástico, por favor! Ahí se me ha quitado toda la pena de golpe. La pena y las ganas de bajar al paki en un rato largo.
Después de mi aventurón allá, al otro lado de la puerta. He decidido darme un homenaje, subir en mi escalafón particular de lujo y dispendio sin control y he llamado al chino para que me trajeran de comer. Me sentía Paris Hilton subiendo las escaleras de caracol cuando subía a la planta de arriba con el menú en la mano, dispuesta a hacer el pedido mágico.
Con mi modelito insinuante he abierto la puerta a un chino muy chino que me ha dado el tíket con el precio total, unos 11,92€. Le doy 20€ y mientras busco algo suelto va el tio y me da un billete de 5. Y yo le miro y pienso, pero tú, puto chino, que te asignas tú solico las propinas, te van a dar pal pelo, chaval. Y le he dicho, oyes, majo, los 2 con 10 que faltan qué, y me ha dado la moneda de dos y le he perdonado los diez céntimos. Y el muy chino se queda mirando a un punto infinito con cara mala hostia mientras le cierro la puerta en las narices y grito “¡Chino catalán! Puto sicópata!” (porque la cara mirando al punto infinito ese daba miedo, sabes?) y me ha dado por pensar también que igual mi vestido era demasiado insinuante, pero esa es una extraña asociación de ideas, típica de la resaca, así que sin más dilación, me he puesto el pijama (para no pringar mi vestidito de salsa agridulce, que ya había mancillado minutos antes con el zumo de naranja) Y a partir de ahí, lujo y desenfreno. Rollito de primavera, fideos chinos, pollo al limón, cocacola sin límites y una buena película en la tele.
Y el kinderbueno de postre, claro.
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