DE FIESTA Y EN BRAGAS

Échale rumbas al tango,
que yo bailaré sardanas.
Comeré txitxarros
con faldas y a lo tosco,
con tangas y algo tonto.
Borracha y atontada, así me quiero.
Estímulo ardiente, soneto cojo.
Bendito de pies y manos
escombreros e hinojos.
Mentiras de polvo blanco,
ruido blanco.
La radio sin sintonía,
Mi barco sin sus alas,
Mi vela sin timón
Mi capitán sin ron
sin ton ni son
ni sol ni sombrilla.
Centollos atómicos, timoneles y simbiosis.
Hagamos la mitosis,
disolvámonos veloces,
rompamos el llanto y la delicia
y juguemos un rato al monopoly,
y ya veré yo si te cobro cuando pases por mi barrio.
Ya veré yo, sí.
Ahora sólo bebo vino los domingos de calor.
Leo el diario y pienso en mis cosas.
Respiro el humo que me das
y huelo mi aliento cilantro,
espeso júbilo anhelante que me quita el sueño,
diplodocus y neveras de playa,
bikinis del todo a cien
y las cosas que quedan por hacer,
la lista de deberes olvidada,
difuminada.


Me olvido del sueño.
Soy bosque esquinado.

DANZAS

Soliloquios
La tierra húmeda
frío gemido sobre suelo
piel contra materia
la mano
el cielo

Las esquinas y lo curvo

Pieza herrumbre
Pieza metal

La mujer rabiosa
gruñido de perro
la hiel en sus entrañas

Mientras su codo dibuja hélices,
renombra el espacio,
coloca el aire
con sus manos.

El hielo cortante
La piel y la suerte
La mirada que silba

Ella camina...
camina

Camina silencio
sobre el agua dormida

EL ARTE DE ESTAR (en la ciudad)

Para saber estar hay que ser abuelo. Yo no soy abuelo, por lo tanto, no se estar.

El ritual parece de lo más simple, eliges un día soleado, buscas un lugar agradable y una vez situados en él, miras a tu alrededor hasta encontrar el banco de madera (mira bien, seguro que lo tienes cerca) y te sientas.

La mecánica de la acción es así de sencilla. Ahora queda lo más difícil:

EL ESTAR (y no morir de pánico)

Estoy sentada en un banco de madera. Llevo una bolsa de plástico con una revista de moda petarda, el periódico y el suplemento dominical. A mi derecha una anciana cubierta con una espesa capa de crema se apoya en el banco con la cabeza inclinada, las piernas abiertas con el chándal remangado, en posición de entrega absoluta a un insólito sol de noviembre. Leo y leo hasta que las letras me dan vueltas. La revista petarda es larga de cojones, pero tiene unas fotos monísimas. Guardo las revistas en la bolsa de plástico. Me doy cuenta que la fan del sol de noviembre ha abandonado su puesto y que en su lugar otra usuaria más comedida está sentadita con las piernas juntas y las manicas una encima de la otra en ese lugar donde empieza la tripilla, debajo de los pechos, calentándose el chakra un rato.

Me quiero ir. Escucho. El tráfico en esta ciudad no se acaba nunca. Al otro lado de la ría alguien toca la trompeta. Una canción popular. La ría sigue su curso. Concentro mi visión en una plantita que ha crecido en la unión entre dos baldosines de Bilbao. El sol ilumina la ría y recorta al vegetal a contraluz en una silueta negra temblorosa rodeada de destellos blancos. Ooooooooooh!

Tiempo de contemplación del fenómeno: 40 segundos.

Levanto la vista. Ale, ya está.

Mis músculos están contraídos. Recojo el bolso, la bolsa y la chaqueta recalentada. Le digo Agur a mi compañera de banco. No responde. Imbécil maleducada, qué te costaba decir adiós.

Camino a casa pienso que hoy he batido un nuevo record de permanencia. Me siento diferente, con otro peso, ingrávida, no sé, como más sabia o algo.

¿Será EL ESTAR o que son las dos y todavía no he comido?