DE FIESTA Y EN BRAGAS
DANZAS
La tierra húmeda
frío gemido sobre suelo
piel contra materia
la mano
el cielo
Las esquinas y lo curvo
Pieza herrumbre
Pieza metal
La mujer rabiosa
gruñido de perro
la hiel en sus entrañas
Mientras su codo dibuja hélices,
renombra el espacio,
coloca el aire
con sus manos.
El hielo cortante
La piel y la suerte
La mirada que silba
Ella camina...
camina
Camina silencio
sobre el agua dormida
EL ARTE DE ESTAR (en la ciudad)
Para saber estar hay que ser abuelo. Yo no soy abuelo, por lo tanto, no se estar.
El ritual parece de lo más simple, eliges un día soleado, buscas un lugar agradable y una vez situados en él, miras a tu alrededor hasta encontrar el banco de madera (mira bien, seguro que lo tienes cerca) y te sientas.
La mecánica de la acción es así de sencilla. Ahora queda lo más difícil:
EL ESTAR (y no morir de pánico)
Estoy sentada en un banco de madera. Llevo una bolsa de plástico con una revista de moda petarda, el periódico y el suplemento dominical. A mi derecha una anciana cubierta con una espesa capa de crema se apoya en el banco con la cabeza inclinada, las piernas abiertas con el chándal remangado, en posición de entrega absoluta a un insólito sol de noviembre. Leo y leo hasta que las letras me dan vueltas. La revista petarda es larga de cojones, pero tiene unas fotos monísimas. Guardo las revistas en la bolsa de plástico. Me doy cuenta que la fan del sol de noviembre ha abandonado su puesto y que en su lugar otra usuaria más comedida está sentadita con las piernas juntas y las manicas una encima de la otra en ese lugar donde empieza la tripilla, debajo de los pechos, calentándose el chakra un rato.
Me quiero ir. Escucho. El tráfico en esta ciudad no se acaba nunca. Al otro lado de la ría alguien toca la trompeta. Una canción popular. La ría sigue su curso. Concentro mi visión en una plantita que ha crecido en la unión entre dos baldosines de Bilbao. El sol ilumina la ría y recorta al vegetal a contraluz en una silueta negra temblorosa rodeada de destellos blancos. Ooooooooooh!
Tiempo de contemplación del fenómeno: 40 segundos.
Levanto la vista. Ale, ya está.
Mis músculos están contraídos. Recojo el bolso, la bolsa y la chaqueta recalentada. Le digo Agur a mi compañera de banco. No responde. Imbécil maleducada, qué te costaba decir adiós.
Camino a casa pienso que hoy he batido un nuevo record de permanencia. Me siento diferente, con otro peso, ingrávida, no sé, como más sabia o algo.
¿Será EL ESTAR o que son las dos y todavía no he comido?