OCTUBRE DE HACE UN AÑO
Día, semana
olor, ventana
tu cara de marrana
Mi pana
Chaqueta de lana
manzana
limpiar el sudor con una manga
larga
Sonreir y saberlo
saberlo bien
decirlo bien
hasta adentro
Sentirse y sentarse
tu sol, mi beneficio
nuestra sombra,
nuestro fresco.
Y el rastro peregrino
que nada esconde,
del que no prescindo.
Mañana llama
y no corto.
RETRATOS II
I
Ana, manzana. Ana, soy Ana, los chicos de la calle vienen a jugar con Ana.
Ana, bluyins prietitos, camisa verde pistacho con hombreras kilométricas. Ana con bambas blancas y permanente con mechas. Ana con pecas del color de sus ojos. Príncipes de todos los colores se plantan en su puerta esperando una cita con Anita, la manzana previo pago del Edén maldito. Adanes del nuevo milenio con complejo de soldados caídos la toman con los hombros reutilizables de Anita la fantástica. Se clavan un par de cruces en su monte del olvido a fin de mes, cuando el presupuesto languidece y las ganas de besar emigran a países lejanos.
Ana, dulce paquete de klinex compartido. Ana, palangana de toallas inmundas que nunca llegan a pudrirse del todo. En el fondo de su alma pecaminosa, Ana guarda una bruja piruja con rabia desinfectante que le aleja de los malos muy malos.
Mira el blanco de las paredes de su casa y encuentra manchas con forma de bichos demoniacos, monstruos perseguidores, fantasmas violadores, ladrones de historias,depredadores con cara de gato, gatos con cara de sueño, sueños con cara de tonto. Ana se come una pera a mordiscos a la hora de la merienda, con un paño sobre las piernas para no mancharse. Mira los anuncios y no piensa. Suena el teléfono. No responde. A veces nada importa. A veces el mundo se detiene cuando una pera de agua se cruza en el momento apropiado. Ana coge pico y pala. Se pone un buzo blanco y pañuelo en su cabello permanentado y con mechas, gafas de plástico y guantes. Ana desgarra una pared blanca llena de espectros a mazazo limpio.
El sudor cae sobre su sien, observando la sangre manar de sus cadáveres exquisitos convertidos en polvo de arcilla. Ana aprieta los dientes, apunta y machaca a un malo con gafas de aviador. Golpe seco y cae en mil pedazos sobre el parqué. Suena el teléfono de nuevo. Un avión travieso lanza un misil sobre él, que lo reduce en el acto a un montón de metal y plástico, una población de piecitas bajo la mesa camilla en busca de refugio. Ana ríe a carcajadas, descubre una viga maestra con cara de hada madrina y le perdona la vida por hoy. Se desnuda, se ducha y se pone su vestido de lentejuelas rojas y verdes. Tacones kilométricos, abrigo negro. Ana guardiana sale a la calle a buscar a alguien a quien rescatar. Con cara de pera de agua dirige su mirada y dispara al objetivo preciso. Sus balas acribillan al moreno trajeado del Ford Escort.
- Te prometo el infinito y parte del extranjero si vienes conmigo, encanto.
La víctima cae de inmediato en sus brazos al borde del desmayo.
- Todavía no mueras, forastero. Son diez mil. Por adelantado.
II
Luis habla con sus muertos. Prepara el almuerzo con rictus amargo, pensando en los sandwichs de chopped de su difunta madre. El demonio le muerde las orejas a la hora de la siesta, justo antes del programa de cotilleos. Le confunden las tetas de las chicuelas del yogur desnatado; tanta carne al fresco para anunciar toda la gama de artículos para elevarse por los aires cual gracil cervatillo; tanta lujuria para disolver la grasa acumulada de detrás del sofa.
Luis no comprende. Se la casca sólo con los anuncios de productos bajos en calorías. Cuando baja el calor, se le levanta el ánimo. Paradojas de la vida, Luis.
WO SIND DIE GöTTER?
2007. Técnica mixta.
RETRATOS
I
Marianela baila al son de la luz que más calienta. El Sol no llega a su ventana, no me preguntes por qué. Soñar con unas vacaciones en el mar. Seduce al panadero, le gusta la foto que tiene del gato en la repisa del coñac, al lado de la cafetera.
Marianela tropieza cada vez que se clava una mirada en su pálida nuca, mirada propia o ajena, eso da lo mismo. Un planeta a su medida estaría hecho de sol fresco, pasta al pesto y un mar tranquilo, sonrisas, abrazos y líneas horizontales. Sería mejor que tener que sonreir al señor policía, al dueño del piso o a cualquier otro (u otra) falócrata para proteger una dignidad adoptada a la que educa como al bebe que aparece a la puerta de un convento: una pesada carga que a veces puede resultar hasta simpática. Marianela no quiere levantarse de la cama. Asaltaría las tiendas de chucherías, robaría un par de violines y se marcharía al desierto a tocarse los pies trescientos sesenta y cinco días al año. Pero hace hambre, tiene frío. Muere por un cacho de manta después de la cena.
Marianela guarda un pasamontañas negro en la cómoda de las fajas y los pantys. Lo tiene decidido. Se lleva al gato del panadero por las buenas o por las malas. Eso sí, se cuidará bien de no olvidar la foto de su dueño al que colocará en la repisa de la sala, junto al anís del mono, que las buenas costumbres no han de perderse, digo yo.
II
Estrella, marea baja tenemos hoy. Mira al cielo, descubre tocayas de colores que le quiñan los ojos desde ahí arriba. Mierda! es un avión. En fin, no son tiempos para el romanticismo, Estrellita. Mar, orilla. Estrella estrena chal de lana y se lo enseña al firmamento, que también parece resplandecer con un brillo diferente, como si también estuviese de estreno. Estrella conoce, y el paso del tiempo le da la razón. Los barquitos nunca naufragaron, están podridos, esperando una mano de pintura o la muerte definitiva. El caso es que a los guiris les gustan los mohos de los barcos de su playa, combinan de lujo con el ocre del cielo y el azul de sus caras congeladas.
Estrella, noche de luna, lana de mar. Estrella con arrugas se amarga viendo los neones recién estrenados de su pueblo y de su cuerpo. "Esta no soy yo", piensa, desconsolada, "esta ya no es mi tierra". Un restaurante de comida típica pringa de aceite la brisa marina, chapapote con alas que atiza con saña al paseante, navegante o tunante que se preste a transitar por un paseo marítimo que ya no es lo que fue.
Estrella ve su vida pasar y desde la ventana de su casa lo único que puede ver es una urbanización nueva en primera línea de playa. Estrella de segunda línea se queda sin horizonte en su cocina, pero sale a buscarlo siempre que tiene ocasión. Luz de faro ilumina superficies acuáticas allá, en los límites de lo visible y lo soñado. Estrella ya no recuerda si se fue o se lo llevaron con las piernas por delante, de hecho ni siquiera sabe si llegó a verlo muerto alguna vez.
Estrella no espera que nadie vuelva a darle una semilla desde el fondo del mar; escucha una melodía dormida que resuena en cada ola que rompe en la orilla de su playa. Ecos de un bolero meloso, gemido gozoso, un chiste tonto y algún que otro abrazo furtivo. Un silencio atronador que habla de eternidades no abarcables. Estrella no le habla al mal de derrota, porque sabe de sobra que las olas no cantan esa canción. Estrella sonríe a los moluscos y a la sal de las rocas, y entonando una melodía recien estrenada emprende el camino de vuelta a su hogar; tierra y alma mezcladas en una trinchera de segunda línea de playa.
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TARDES DE JULIO
Algo vibrante centellea en mitad del gentío. Una turbulencia rompe el tedio de la tarde. Alguien, algo irrumpe de entre la marea como un rayo estrepitoso. Un destello fluorescente me saca de mi ensimismamiento protector y me lleva a un paisaje desconocido.
Lo primero que invade mi visión es el mensaje de su camiseta, en Times New Roman, un tipo poco habitual para una cami. Color rosa flúor sobre tejido gris marengo que chirría oxidado ante mis pupilas ojipláticas. MUSIC SAVED MY LIFE. Las letras bailan, saltan al ritmo sistólico de un corazón que más que palpitar, vibra sobre el suelo como un martillo eléctrico. La camiseta se ciñe sobre un torso 5 tallas más grande que las piernas. El típico cuerpo de pollo que brinca jubiloso a un ritmo dos veces superior que el resto de los mortales allí presentes. Le miro a los ojos y me pregunto a qué tonadilla se encomienda semejante arritmia andante.
Corte de pelo a lo Rodolfo Langostino muy popular en la Ibiza de hace un lustro, rostro ultravioleta de gesto impasible mira ceñido al infinito buscando con pasión el ritmo perdido.
Con violencia nerviosa nuestro Rodolfo cruza la calle en diagonal hacia su camino fosforito. Le pregunto con los ojos si la música le salvó. Me respondo sorprendida "A mí me salvas tú"
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