Continuará...
HAMBRE
Sentada en un restaurante, enfrente de la puerta, apartada del comedor principal, un lugar recogido que invita a la intimidad.
Llegué por fin a mi añorada e idealizada Polonia. No se muy bien cuál es la motivación real que me empuja a volver aquí. La curiosidad tal vez, o el deseo de reencontrarme en un lugar extranjero en calidad de menos extranjera que los demás extranjeros. Recuerdo cuando llegué a Wroclaw, mi erasmus nada erasmus. Iba a la uni, volvía a casa, hacía la compra, jugaba con el ordenata (en parte porque sabía que a mi compi de habita le reventaba el cli cli del ratón, cosas del sadismo post adolescente) y recuerdo haber hecho algún amigo que otro, todos polacos o integrados en el país. Recuerdo que no hice grandes esfuerzos por conocer la ciudad, como si llevara allí toda la vida, como si no me quedaran sitios que visitar.
Ayer llegué con la mochila en el hombro dispuesta a conocer la ciudad empezando por no hacer de guiri pillando el autobus que te lleva al centro y te cobra por cada bulto que llevas, aparte de lo pagado en el billete. Esta información venía en mi guía, osea que tampoco es que tuviera en mi poder una información super privilegiada del servicio secreto polaco, pero a mí me hacía sentir como poseedora de un tesoro maravilloso, sólo para mí.
Me pregunto si alguien se acuerda de mí en este restaurante.
Cogí el tren en una estación oscura y desértica super cutre y me dije con gran satisfacción "Aparte de poco guiri soy super valiente!!!" Lo de dentro del tren ya fue otra cosa, aparece el revisor y ahí se acaba mi satisfacción, se me había olvidado lo serios que pueden ser los eslavos.
Llevo aquí sentada un cuarto de hora y todavía no me han tomado nota.
Pagado el billete, me dirijo a la estación central de tren de Cracovia. Sin escaleras mecánicas, sin ascensor a la vista, todo muy polaco. La salida no está muy clara. Pánico. Dos opciones: túnel oscuro con final más oscuro o puerta con luz fluorescente detrás. Por supuesto, la luz gana, aunque sea falsa. De repente me encuentro en mitad de un super centro comercial de cuatro plantas que me pilla totalmente desprevenida, como si acabara de aterrizar de un viaje en el espacio.
Veinte minutos. TENGO HAMBRE.
Doy vueltas y más vueltas para encontrar la salida. La encuentro al de un buen rato. Una vez en la calle busco una esquinilla para mirar el plano con tranquilidad. Ale, a ver mundo, pues. Con una breve noción de la dirección y un poco de intuición consigo encontrar la Rynek, la plaza central, espina dorsal de la ciudad.
Mare mía, venticinco minutos, qué mal está el servicio, oiga.
La primera impresión al caminar por las calles empedradas en dirección a la Rynek me recuerda a un paseo de cierto barrio en Barcelona cuyo nombre se me ha borrado de la memoria. La luz naranja de las farolas, el viento cálido, la calma del visitante y la atmósfera que se crea en esos lugares donde todo el mundo está de paso. Mucho niñato, ambiente orgasmus. Risas y multinacionales. Busco mi albergue.
Puta media hora que llevo aquí, me estoy cabreando ya.
Hay una costumbre en este país de reutilizar viejos caserones y compartimentarlos entre diferentes negocios, de manera que en una misma puerta puedes encontrar medio solapados varios carteles con los nombres de lo que se oferta en su interior. En el caso de mi albergue, en grande hay anunciado un restaurante y una sala de fiestas, el flamenquito que estoy buscando se esconde travieso detrás del restaurante y me cago en todos sus muertos tras diez minutos dando vueltas por la calle en ambas direcciones para encontrarlo. Pero al final no se me resiste, faltaría más.
Al final si la montaña no viene a Mahoma habrá que ir adentro y reclamar. Esto podría haberlo hecho hace quince minutos, pero no hubiera sido lo mismo. Encabronada escribo mejor.
Me voy a poner fina, estoy considerando la idea de hacerme un simpa de los que hacen historia.
Derivar sin objetivos. ¿A qué he venido a Cracovia? A pasear, a ver mundo, ¿para qué?
Me acuerdo de gente, de mis afectos en Polonia, de uno en concreto que me abre las heridas. Me planteo si merezco ese dolor. Me pregunto si enterrando bajo tierra las cuchillas dolerá menos recordar.
Había olvidado lo guapísimas que pueden ser las polacas. Tan esbeltas, esos pómulos, esos ojazos almendrados, esa piel, y tan femeninas ellas. Me gusta su estilo, tan diferente al nuestro, tan cuidado, pero no veo placer en sus cuerpos ni en su mirada, ¿será que expresan de otra manera? ¿Será que me estoy inventando algo?
Busco el fenómeno que considero como polaco. La foto que nunca haré por falta de ovarios (o exceso de imaginación) Una imagen en mi mente: una familia super miserable, cabello sucio, chándales de tactel y cabezas rapadas. Un hombre de rodillas apoyado en la silla de su bebé, rendido, derrotado, con la cabeza hundida entre los brazos en mitad de la acera, con cazadora de cuero, y el resto de su familia en silencio. Un silencio atronador. Ufff, qué dolor!
El folk de postal polaca es para mí algo cutre, antiestético, desde mi concepto de estética. Una segurata con pantalones cortos a mitad del muslo, calcetines gordos de lana azul marino hasta debajo de la rodilla y medias con puntilla negra de motivos florales, el toque de distinción absoluto.
Camino y camino. Hoy ya no voy a Auschwitz. He sido la primera en levantarme y la última en marchar del albergue. Me parecía mucho más interesante el entramado social de puertas para adentro que los monumentos y las calles de piedra, bonitos, sí, pero mucho menos entretenidos que las conversaciones de los postadolescentes de la cocina coqueteando descaradamente sin conocerse de nada. El arte de seducir me parece en ese momento una red de palabras que no dicen nada de lo que aparentan decir. La situación era la siguiente: una chica polaca y un chico de procedencia equis (X). La chica, hacía un rato se había empeñado en hablar conmigo en polaco, con cara de "no hablo una puta palabra de inglés así que no me hagas hacer el esfuerzo por entenderte, mona" con lo que la conversación se agotó rapidamente. Aparece el chico en el comedor y se ponen a hablar en inglés de inmediato. Yo me río y les miro con la tostada en la mano chorreando mermelada de fresas recogidas en Huelva. Gran lección de vida a las ocho de la mañana en un albergue de Cracovia.
Salgo de paseo. Peso en los pies. Me matan estas botas. Tengo calor. Mucho calor. No paro de caminar. Sin mirar el plano. En plan bruto. Me siento como un perro perdido. Si me cruzo con españoles miro hacia otro lado. Reniego de mis raíces, me rebelo en mi destierro orgullosa, arrogante, dispersa y un pelín derrotada.
Me estoy emborrachando seriamente y la comida no acaba de llegar. He perdido la noción del tiempo.
Ania (mi contacto en Cracovia, una de aquellos tesoros que encontré en mi erasmus) me manda un sms. Tiene resaca, hoy no podrá quedar conmigo. Encuentro un restaurante vegano donde recauchutarme y vitaminarme agusto. Pintaditas en pizarras las recetas varias. Mesas de madera y la gente comiendo a toda hostia, cosa que me llama la atención en un sitio que aparenta ser un slowfood en toda regla.
¡PERO QUÉ MIERDA DE RACIÓN ES ESTA! Me parece que he caído en las garras de un restaurante de guais con sus raciones de mierda y sus precios de escándalo. Nostalgia de Bilbao y sus raciones de ciencia ficción. Las ensaladas de la Merced, esos platos enormes repletos de nutrientes. Joder.
Volviendo a la Rynek de Cracovia, la plaza del Mercado donde antaño se reunían todos los comerciantes, la vida de la ciudad bullía aquí dentro, el centro neurálgico de la ciudad. Pues bien, la Rynek de Krakow (Cracovia) es la más tocha de toda Polonia. Una pega: huele a mierda de caballo que lo flipas. ¿Por qué? Pues porque a los turistas les mola hacer ostentación de su estatus de consumidores de ocio y para eso van los cracovianos y les ponen a su disposición toda una flota de carros con caballos para hacerles un paseico por el casco viejo y que visiten el casco con ruido de cascos, esos putos viejos cascados que no saben dónde dejarse los cuartos. (Cuánta ira derrochada en semejante chorrada) Los carros a cada cual más hortera, pero ayer flipé con uno, lo bauticé "la carroza del día del orgullo" con plumas rosas, carro blanco y una parafernalia que ni sacada de la cenicienta de Disney. Pues no veas qué éxito, maja, la triunfadora de la noche, allá donde miraras, si escuchabas cascos de caballos, ahí aparecía el puto caballo blanco forrado de plumas dando la brasa en las calles empedradas y semi iluminadas del casco viejo cracoviense.
Ay ese simpa que me voy a hacer! El plato diez minutos vacío y la segunda cerveza que empieza a menguar.
Hay una señora con perro que entra y sale del restaurante. Yo creo que es la dueña. Si no, no me explico lo del perro. Y lo de que entre y salga. También hay un guiri. Uno de los de la mesa de veinte que ha entrado detrás mío y a la que han decidido atender antes sabe dios por qué motivo. ¿Porque son veinte, quizas? Me dice la camarera que ya mismo me trae el tiramisú. Tómate tu tiempo, mujer, no te preocupes, relax. El guiri de la mesa de veinte no suelta el móvil. No se relaja, el pobre. Se pasea por la puerta, por el hall, al lado de mi mesa. Contonea su codo y menea su manita derecha al tiempo que acuerda fechas de entrega en un inglés adoptado para la ocasión.
Empiezo a ver las cosas un poco difusas. El sopor de la cerveza se está comiendo mi valor. Ay madre, que igual pago! no no no... es demasiado fácil, casi una invitación. Mi mesa enfrente de la puerta, desde aquí no me ven ni camareros, ni metres ni clientes. Estoy sola, con cuatro mesas vacías, la luz tenue fashion y veinte plantas de plástico aromatizando un ambiente de pladur.
Las polacas y los tacones. Taconazos y más taconazos. Hoy he flipado con unos zapatos preciosos, creo que eran el mismo modelo que me probé en Berlin en septiembre. Al final me compré otro par de zapatillas de deporte, porque las botas de monte con los calcetines de lana a 20º en esta Cracovia de postal, no acompañan demasiado bien.
Oigo pasos ansiosos. Mi postre no llegará jamás.
Ay, pero qué pedo más tonto!
Etiquetas: POLONIA
Día, semana
olor, ventana
tu cara de marrana
Mi pana
Chaqueta de lana
manzana
limpiar el sudor con una manga
larga
Sonreir y saberlo
saberlo bien
decirlo bien
hasta adentro
Sentirse y sentarse
tu sol, mi beneficio
nuestra sombra,
nuestro fresco.
Y el rastro peregrino
que nada esconde,
del que no prescindo.
Mañana llama
y no corto.
Etiquetas: TEXTOS
I
Ana, manzana. Ana, soy Ana, los chicos de la calle vienen a jugar con Ana.
Ana, bluyins prietitos, camisa verde pistacho con hombreras kilométricas. Ana con bambas blancas y permanente con mechas. Ana con pecas del color de sus ojos. Príncipes de todos los colores se plantan en su puerta esperando una cita con Anita, la manzana previo pago del Edén maldito. Adanes del nuevo milenio con complejo de soldados caídos la toman con los hombros reutilizables de Anita la fantástica. Se clavan un par de cruces en su monte del olvido a fin de mes, cuando el presupuesto languidece y las ganas de besar emigran a países lejanos.
Ana, dulce paquete de klinex compartido. Ana, palangana de toallas inmundas que nunca llegan a pudrirse del todo. En el fondo de su alma pecaminosa, Ana guarda una bruja piruja con rabia desinfectante que le aleja de los malos muy malos.
Mira el blanco de las paredes de su casa y encuentra manchas con forma de bichos demoniacos, monstruos perseguidores, fantasmas violadores, ladrones de historias,depredadores con cara de gato, gatos con cara de sueño, sueños con cara de tonto. Ana se come una pera a mordiscos a la hora de la merienda, con un paño sobre las piernas para no mancharse. Mira los anuncios y no piensa. Suena el teléfono. No responde. A veces nada importa. A veces el mundo se detiene cuando una pera de agua se cruza en el momento apropiado. Ana coge pico y pala. Se pone un buzo blanco y pañuelo en su cabello permanentado y con mechas, gafas de plástico y guantes. Ana desgarra una pared blanca llena de espectros a mazazo limpio.
El sudor cae sobre su sien, observando la sangre manar de sus cadáveres exquisitos convertidos en polvo de arcilla. Ana aprieta los dientes, apunta y machaca a un malo con gafas de aviador. Golpe seco y cae en mil pedazos sobre el parqué. Suena el teléfono de nuevo. Un avión travieso lanza un misil sobre él, que lo reduce en el acto a un montón de metal y plástico, una población de piecitas bajo la mesa camilla en busca de refugio. Ana ríe a carcajadas, descubre una viga maestra con cara de hada madrina y le perdona la vida por hoy. Se desnuda, se ducha y se pone su vestido de lentejuelas rojas y verdes. Tacones kilométricos, abrigo negro. Ana guardiana sale a la calle a buscar a alguien a quien rescatar. Con cara de pera de agua dirige su mirada y dispara al objetivo preciso. Sus balas acribillan al moreno trajeado del Ford Escort.
- Te prometo el infinito y parte del extranjero si vienes conmigo, encanto.
La víctima cae de inmediato en sus brazos al borde del desmayo.
- Todavía no mueras, forastero. Son diez mil. Por adelantado.
II
Luis habla con sus muertos. Prepara el almuerzo con rictus amargo, pensando en los sandwichs de chopped de su difunta madre. El demonio le muerde las orejas a la hora de la siesta, justo antes del programa de cotilleos. Le confunden las tetas de las chicuelas del yogur desnatado; tanta carne al fresco para anunciar toda la gama de artículos para elevarse por los aires cual gracil cervatillo; tanta lujuria para disolver la grasa acumulada de detrás del sofa.
Luis no comprende. Se la casca sólo con los anuncios de productos bajos en calorías. Cuando baja el calor, se le levanta el ánimo. Paradojas de la vida, Luis.
Etiquetas: TEXTOS
Etiquetas: DIBUJOS
I
Marianela baila al son de la luz que más calienta. El Sol no llega a su ventana, no me preguntes por qué. Soñar con unas vacaciones en el mar. Seduce al panadero, le gusta la foto que tiene del gato en la repisa del coñac, al lado de la cafetera.
Marianela tropieza cada vez que se clava una mirada en su pálida nuca, mirada propia o ajena, eso da lo mismo. Un planeta a su medida estaría hecho de sol fresco, pasta al pesto y un mar tranquilo, sonrisas, abrazos y líneas horizontales. Sería mejor que tener que sonreir al señor policía, al dueño del piso o a cualquier otro (u otra) falócrata para proteger una dignidad adoptada a la que educa como al bebe que aparece a la puerta de un convento: una pesada carga que a veces puede resultar hasta simpática. Marianela no quiere levantarse de la cama. Asaltaría las tiendas de chucherías, robaría un par de violines y se marcharía al desierto a tocarse los pies trescientos sesenta y cinco días al año. Pero hace hambre, tiene frío. Muere por un cacho de manta después de la cena.
Marianela guarda un pasamontañas negro en la cómoda de las fajas y los pantys. Lo tiene decidido. Se lleva al gato del panadero por las buenas o por las malas. Eso sí, se cuidará bien de no olvidar la foto de su dueño al que colocará en la repisa de la sala, junto al anís del mono, que las buenas costumbres no han de perderse, digo yo.
II
Estrella, marea baja tenemos hoy. Mira al cielo, descubre tocayas de colores que le quiñan los ojos desde ahí arriba. Mierda! es un avión. En fin, no son tiempos para el romanticismo, Estrellita. Mar, orilla. Estrella estrena chal de lana y se lo enseña al firmamento, que también parece resplandecer con un brillo diferente, como si también estuviese de estreno. Estrella conoce, y el paso del tiempo le da la razón. Los barquitos nunca naufragaron, están podridos, esperando una mano de pintura o la muerte definitiva. El caso es que a los guiris les gustan los mohos de los barcos de su playa, combinan de lujo con el ocre del cielo y el azul de sus caras congeladas.
Estrella, noche de luna, lana de mar. Estrella con arrugas se amarga viendo los neones recién estrenados de su pueblo y de su cuerpo. "Esta no soy yo", piensa, desconsolada, "esta ya no es mi tierra". Un restaurante de comida típica pringa de aceite la brisa marina, chapapote con alas que atiza con saña al paseante, navegante o tunante que se preste a transitar por un paseo marítimo que ya no es lo que fue.
Estrella ve su vida pasar y desde la ventana de su casa lo único que puede ver es una urbanización nueva en primera línea de playa. Estrella de segunda línea se queda sin horizonte en su cocina, pero sale a buscarlo siempre que tiene ocasión. Luz de faro ilumina superficies acuáticas allá, en los límites de lo visible y lo soñado. Estrella ya no recuerda si se fue o se lo llevaron con las piernas por delante, de hecho ni siquiera sabe si llegó a verlo muerto alguna vez.
Estrella no espera que nadie vuelva a darle una semilla desde el fondo del mar; escucha una melodía dormida que resuena en cada ola que rompe en la orilla de su playa. Ecos de un bolero meloso, gemido gozoso, un chiste tonto y algún que otro abrazo furtivo. Un silencio atronador que habla de eternidades no abarcables. Estrella no le habla al mal de derrota, porque sabe de sobra que las olas no cantan esa canción. Estrella sonríe a los moluscos y a la sal de las rocas, y entonando una melodía recien estrenada emprende el camino de vuelta a su hogar; tierra y alma mezcladas en una trinchera de segunda línea de playa.
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